Hace más de 30 años que juego al golf. Tuve la suerte de viajar por todo el mundo y conocer campos y lugares excepcionales. Más importante, este juego me dio la posibilidad de conocer gente maravillosa. Me dio amigos. Me dio un sentido y una manera de vivir. Eso es el golf para mí: una forma de vida. Me dio un motivo por el cual levantarme todos los días. Hoy, me da la posibilidad de ganarme la vida haciendo lo que me gusta. Ayudo a otros a conseguir sus sueños. Los mismos que alguna vez yo perseguí. Tratando de ser la persona que yo necesite en ese momento. Gracias al golf y a mi familia puedo decir que soy un agradecido de la vida.
Dado el poco tiempo que hoy tengo entre el coaching y mi familia, se me hace difícil encontrar tiempo para leer. Algo que me apasiona. Sin embargo, el otro día logré terminar un libro. Me quedé con una frase del mismo: el mejor estado del hombre es el de la gratitud. ¡Qué casualidad! Esa misma tarde me volvió a tocar la toalla azul.
Soy un agradecido. No, no desde la arrogancia. Tampoco desde la abundancia. No tengo todo. ¿Qué es todo? No todas las cosas en mi vida y en mi trabajo son perfectas. Nada podría estar más lejos de la verdad.
En lo personal, perdí a mi padre hace poco. Todavía trato de llenar ese hueco. Pero soy un agradecido de la familia que tengo y los valores que me inculcaron. Trato de compartirlos y respetarlos.
En lo profesional, si bien la realidad es subjetiva, el balance es positivo. Estoy feliz con el progreso que he logrado como coach. Estoy agradecido a cada uno de los alumnos que tuve y tengo. Mis días se pasan sumergido en buscar nuevas y mejores maneras de lograr el máximo rendimiento de un golfista. Nada más apasionante que estar solo viendo un video, leyendo un libro o haciendo swings en mi estudio buscando la inalcanzable perfección. Todas esas horas de estudio y capacitación son atrapantes, pero no se comparan con la práctica diaria con los jugadores. Ahí es donde uno realmente se siente vivo. Resolviendo el rompecabezas que cada alumno significa, desde lo técnico y lo personal. Sé de la responsabilidad que eso significa. Sé lo que el golf significa para cada uno de ellos y es por eso que hago las cosas como las hago: dejando todo. Llevo 5 años haciendo esto, aunque siento que me preparé durante toda mi vida mientras competía. El hecho de haber coacheado alumnos en Juegos Olímpicos, los 4 majors y Presidents Cup es solamente una buena herramienta de marketing. Sus triunfos solo te aumentan el tonto ego. Sus derrotas duelen como propias. Aunque temprano aprendí que no se trata de eso. Se trata de las relaciones que uno va creando en el camino. De los momentos juntos. De un proceso que no solo te llene la billetera sino también el alma. La persona siempre adelante del jugador. Lo humano antes que el resultado. Porque un jugador consigue su mejor expresión golfística cuando está contento con su vida. Porque un gran coach tiene que entender el lado humano. Y en ese sentido, también estoy agradecido. Mis alumnos me dan momentos de alegría, en los cuales puedo aprender junto a ellos. Como dije antes, el mejor estado del hombre es la gratitud. Yo estoy agradecido con cada alumno que tuve y tengo. Cada 10 días la toalla azul me lo recuerda.
Gracias a mi trabajo en ESPN aprendí la importancia de una buena pregunta. Es fundamental a la hora de ayudar al jugador a compartir sus ideas y emociones. Saber preguntar es un arte. Imposible ser un gran coach sin saber preguntar. Entender e interpretar las respuestas es la mejor manera de conocer al jugador. Normalmente soy yo el que pregunta, aunque hace unos días me tocó ser el entrevistado. La última pregunta del periodista amigo me dejó pensando: ¿cuál fue la mejor experiencia que te dio el golf? Pregunta simple pero profunda. Tuve muchas experiencias con este juego. Personales y profesionales. Buenas y malas. He realizado vueltas de 61 y 62. De 81 y 82 también. He ganado poco y he perdido mucho. Emboqué de afuera e hice greens de 3 putts. He conocido y competido con grandes jugadores. Pero si tengo que elegir una, me quedo con la única historia que hasta el día de hoy más afecta mi día a día. La que me hace cambiar mi perspectiva cuando me hace falta. La que me hace vivir con gratitud. Y con una toalla azul vieja que no puedo tirar.
Hace ya más de 10 años participé en un torneo en Zambia perteneciente al Challenge Tour. Era el último de una gira de varias semanas antes de volverme a casa a descansar. Una semana distinta en muchos sentidos. Un país pobre. De esa pobreza que hay que verla para entenderla. El campo también lo era. En todo sentido. Los greens más lentos que jugué en mi vida, de la altura de un fairway normal. Los jugadores de mi generación que jugaron ese evento no me van a dejar mentir. Era imposible llegar un putt al hoyo sin activar las muñecas durante el golpe. Se pueden imaginar que en el range no se encontraban pro V1 nuevas. El resto del campo, al igual que las instalaciones del club, dejaba mucho que desear.
El camino del hotel al club era un constante recordatorio de lo buena que era tu vida (hasta en los peores días). Ver la pobreza de esos chicos en los caminos de tierra te cambiaba la perspectiva de todo. Hablo de la pobreza que duele al verla. Las mariposas de los nervios que siempre anteceden al día del torneo se cambiaban por un nudo de angustia en el estómago durante el viaje al campo. El golf ya no era todo. El bogey del hoyo 1 o los tres putts del 6 ya no te enojaban tanto.
Durante el año , en ese club, los caddies locales cobraban 3 dólares por ronda a los socios. El tour estableció nuestra tarifa en 30 euros. Una bendición para ellos. El caddie que me asignaron se presentó como Tupac, por su parecido con el famoso rapero. Supongo que los apodos de los caddies no son algo exclusivo de los clubs en Sudamérica. Es más difícil embocar de un huevo frito desde el bunker que conocer a un caddie por su nombre en nuestra región. Tupac llegó descalzo. Y así trabajo durante el torneo.
Dado que los greens eran muy lentos, se hacía difícil encontrar la relación entre la caída y la velocidad. Al llegar al green del hoyo 1 en la vuelta de práctica decidí (como era mi costumbre) testear al caddie local leyendo las caídas. Grande fue mi asombro cuando desde la escarpada, sin entrar al green, Tupac me gritó: “Un hoyo a la derecha”. Riéndome mientras alineaba mi putt, decidí confiarlo: centro del hoyo. Birdie. Le pedí que entrara al green en los hoyos siguientes, pero con su blanca sonrisa que contrastaba con el color de su piel me repetía: “No me hace falta”. Con el pasar de los hoyos me di cuenta que Tupac tenía razón. El falló muy pocas caídas y yo muy pocos golpes esa semana. Terminé tercero. Recuerdo que nada menos que el presidente de Zambia me entregó el trofeo que todavía guardo en casa. Cobré 7,700 euros, cifra que no sé por qué pero todavía me acuerdo.
Luego de la ceremonia, como es costumbre, fui al vestuario a armar la bolsa y el cover. Todavía recuerdo el fuerte olor de ese vestuario. Tupac se asomó a la puerta para hacerme recordar mi promesa. Me había comentado que jugaba al golf y yo le había prometido dejarle las bolas y los guantes usados de esa semana. Se los di. Deberían ver la cara de ese chico. Fue en ese momento cuando me cayó la ficha. Un golpe de la realidad. De su realidad. Abrí el bolso y le dejé todas las remeras, pantalones y zapatos que tenía. Ropa que uno, por no necesitarla o por recibirla gratis, no llega a valorarla. Tupac ya tendría que ponerse en los pies.
En el Challenge Tour la mayoría de los jugadores usan caddies locales y no viajan con un caddie fijo. Si bien es una ventaja enorme (lo hice durante algunos años), el gasto es muy grande en relación con las bolsas de premios. En general, uno le paga un porcentaje preestablecido al caddie que viaja con uno todo el año. A un caddie local, que solo trabaja para uno esa semana, normalmente se le deja una propina si uno juega bien. Una vez terminado el proceso de la ropa y los bolsos, lo llamé a un costado. Tupac había hecho un buen trabajo y merecía su recompensa.
Es difícil de explicar todas las emociones que uno va acumulando durante una semana de este tipo. Las cosas que uno ve hacen que sea imposible no conmoverse. Quizás por eso fue que decidí dejarle 700 euros. Este monto era lo que generaba en casi un año de trabajo. No voy a olvidar jamás su cara. Me miro fijo durante unos segundos, incrédulo, sin saber lo que estaba pasando. De a poco se empezó a dar cuenta. Mientras su sonrisa aumentaba, sus ojos se iban humedeciendo. Su mandíbula empezó a temblar mientras las lágrimas ya le rodaban por las mejillas. Después de apretar fuerte el dinero en su mano derecha, me dio un abrazo grande. Ese abrazo que le das a un amigo que no ves hace mucho tiempo. Si le tengo que contestar al periodista, ese es EL momento. Esa es la experiencia. Esa es mi respuesta. Tupac me agradeció diez veces y no paraba de llorar. Decidí alcanzarle una toalla del club para que seque sus lágrimas. Sí, esa toalla azul. Fue tan fuerte el momento que me la traje.
Pasaron más de 10 años ya de ese día. Nunca más volví a Zambia. Nunca más supe de Tupac. Yo le dejé materiales y dinero. Él, sin saberlo, una enseñanza de vida. Un golpe de realidad y perspectiva. Y una toalla azul.
A pesar de esa experiencia, con el tiempo, uno vuelve a sumergirse en su día a día. A quejarse de más. A preocuparse por su familia y los resultados de sus alumnos. Cuanto más uno trabaja, los resultados malos más duelen. La paso mal cuando algún alumno no juega como uno quiere. Todos tenemos días donde en lo personal no nos sentimos bien. Sin embargo, ya aprendí que la vida es una cuestión de perspectiva. Por suerte, cada tanto, me toca la de toalla azul para hacérmelo recordar.





