¡Qué suerte que tienen los profesionales de golf! Juegan a su deporte favorito durante 8 horas por día. Viajan por todo el mundo. Conocen lugares, gente y campos increíbles. Logran bajar el par de campo casi todos los días. Tienen acceso a los mejores palos, ropa y entrenadores. ¡Encima ganan dinero por jugar al golf! Algunos afortunados juegan por bolsas millonarias todas las semanas.
¿Cuántas veces hemos escuchado estas palabras?
Habiendo competido durante 13 años y hoy trabajando con muchos que todavía lo hacen voy a explicar la otra cara de la moneda. La que no se ve. Sin que esta cara elimine la mencionada anteriormente. Todo lo dicho es una verdad. Pero también, en el otro extremo, hay una parte que no se ve, que convive con todas las cosas lindas de esta profesión. Esa cara que hace que muchas veces el jugador (especialmente jugando mal), pierda de vista todo lo lindo que el golf le da. Su realidad golfista le hace perder la gratitud, fundamental para que el camino se disfrute y no se sufra.
¿Sufrir? ¡Si!
El golf profesional te testea. Al límite. Expone tus debilidades más que ningún otro juego. Es mental. Es anímico. Es emocional. Es pura actitud.
Parto de la base que un profesional gana menos del 5% (exagerando) de los torneos que juega. Siguiendo con que aproximadamente 3 semanas al año se va realmente satisfecho con su golf y resultado.
Hay mucho más malo que bueno. Y el bueno siempre tiene lugar para ser mejor. Es una pelea constante para mantenerse positivo, paciente y entrenando con buena actitud. Imagínense ir a sus trabajos y que los porcentajes sean los mismos. Un abogado que gana 1 solo juicio de cada 50. Un médico que tiene 1 sola operación exitosa cada 40 que hace. ¿Cómo se sentiría ese médico? ¿Creería que tiene lo necesario para seguir ayudando a otros pacientes? ¿Disfrutaría sus próximos viajes? ¿Sus procesos?
El golf de alto rendimiento no es para todos.
Hay muchas sensaciones encontradas. Una pelea interna entre dos posturas. Ejemplos?Uno viaja con sus amigos, que terminan en algún lado profundo siendo tus rivales. Cada triunfo de ellos te parte en dos mitades. La del amigo que quiere estar feliz por él, y la del competidor que no entiende cómo él gana y yo no. Más? La competencia se disfruta. Pero también desgasta. Uno vive y entrena para ese momento. Para ponerse en posición de ganar. Para jugar en el último grupo con todos los ojos y la cámara delante de uno. Expuesto a todas las opiniones ajenas que no saben el mérito que tiene el simple hecho de estar ahí peleando. Es una montaña rusa (rollercoaster) donde uno sufre (?) el momento y cuando termina dice “¡qué bueno estuvo”! Quien aprende a disfrutar esos momentos tiene una ventaja enorme. En general, ser líder de un campeonato no tiene mucho de “divertido”. Genera ansiedades, miedos, dudas. El jugador consciente de todo esto no logra tampoco disfrutar de las pequeñas cosas. La cena (en la cual uno trata de relajarse pero tiene la vocecita adentro recordándole su posición) no se disfruta como las que uno falla el corte. ¿Dije disfrutar? No, las que uno pasa el corte son generalmente depresivas también: Comida chatarra y bastante alcohol ayudan a olvidar muchas veces (¿total? “Si hago todo bien e igual juego mal”). ¿Entonces? La mayoría de las comidas tienen algún ingrediente de ansiedad o amargura. Si esto sucede en la cena, con amigos, música y distraído, ¡ni les cuento cuando llega la hora de acostarse! Aquí aparecen los peores de los ruidos: el silencio y mi propia voz. Una bola de nieve de incertidumbre, dudas y la guerra entre la voz que me dice que no voy a poder (el diablo con todo el repertorio que sabe que me duele) y la voz que me dice que voy a poder hacerlo (el ángel que me alienta y trata de convencerme de mis virtudes). De más está decir que las noches tampoco se disfrutan. Directamente proporcional a tu posición en el tablero.
¿Más ejemplos? Uno vive presionado.
Esta sensación es moneda corriente. Muchas de ellas impulsadas por la necesidad económica, otras desde la autoexigencia y expectativas generadas. Presiones de la familia, del sponsor, de la prensa, de la opinión de los demás. Presiones por pasar el corte, salvar la tarjeta, conseguir una clasificación, mejorar mi ranking, etc. Siempre, jugando bien o jugando mal (peleando el descenso o el campeonato), se juega por algo.
Estas presiones, como las de un técnico de fútbol, hacen que muchas veces se abandonen procesos eficientes. Solo para darse cuenta luego de que con un nuevo equipo no hay mucho cambio. Por un período corto el nuevo equipo trae optimismo y lo que cambia es la actitud. Hay paciencia y eso influye para trabajar mejor. Pero al tiempo todo vuelve a lo mismo. Si no cambia el jugador, el resto es secundario.
¿Más? Los viajes. ¡Cuántos lugares lindos que visitan! ¿Si? Viajan por todo el mundo y no conocen ningún lugar. En general los jugadores viajan el lunes, hacen la ronda de práctica el martes, pro am el miércoles y juegan torneo de jueves a domingo (en caso de no jugar el finde semana el humor no está como para ir a pasear y el juego necesita tiempo de trabajo). Uno duerme en camas distintas todas las semanas. Estos viajes hacen que todas las relaciones (amorosas, amistades y familiares) sean más difíciles. Entendiendo que el jugador es también una persona, muchas veces estos problemas o dificultades de relaciones afectan el juego en el campo.
Podría hablar de muchos ejemplos más. Créanme y créanle a los pro, que las negativas crean una larga lista. Fue lo primero que sentí (confirmado por mis colegas retirados) al dejar de competir: Alivio.
¡Si! Alivio. Me saqué una mochila. No más expectativas, no más presiones, no más obligaciones. Todavía me acuerdo de la sensación del primer desayuno. Me sentí “liviano”. El café tenía ese gustito especial. Entendí y sentí toda la acumulación de sensaciones que la competencia me había generado.
¿Así termina esto? ¡No!
Pasó el tiempo. Tuve muchos desayunos largos y relajados. Me dediqué a mi otra pasión. Canalicé varias de esas emociones en mi coaching. Por momentos se sufre más de afuera que de adentro. Pero me bajé de la montaña rusa. Me di cuenta de que lo que se sufre también se disfruta. Todo lo malo que uno carga si juega mal, es lo bueno que te genera cuando uno juega bien. Los picos así de altos no se consiguen más. Es una droga. Linda y sana. Sin ella Superman no vuelve más. Hay un pedazo que se muere. Un ego que se apaga. Empiezas a darte cuenta de que hay otras prioridades. Te vuelves más humano. Menos egoísta. Pero el súperhéroe se va. Y eso es lo lindo que te da el golf de alto rendimiento. La posibilidad de sentirte Superman (léase Superman desde ser tu mejor versión). Porque? Porque así como te expone y testea, no hay sensación más fuerte y efusiva que lograrle ganar a tus miedos. A tus dudas. Al diablo. Ser tu mejor yo. Ya sacando el golf de juego. Es un reflejo de tu mejor versión humana. Es el producto de muchas horas puliendo tu swing y tu mente.
Con todo lo malo (o difícil) que pueda parecer el camino, no pierdan de vista todo lo positivo que jugar como profesional de golf te da. La oportunidad de mejorarte, de crecer, de viajar, de conocer, de jugar, de ganar dinero, de competir y más importante: de ver que tan bueno podés ser con un palo y una pelotita en la mano.
Perspectiva y gratitud. Se debe hacer un chequeo constante. Saber disfrutar y elegir no sufrir. Más birdies que bogeys. Algún día van a mirar para atrás desde mi posición, ya abajo de la montaña rusa, desayunando tranquilo con un café en mano y van a decir: ¡wow! ¡Qué bueno que estuvo! Lo haría todo de nuevo.
Hasta entonces trabajo, optimismo y actitud.
Ingredientes fundamentales para ser un profesional de golf exitoso y feliz.





