En especial, a la definición de los torneos. El Pato estuvo ahí y sabe lo difícil que es. El golf, como ningún otro deporte, desnuda la personalidad del jugador en los momentos definitorios. El arrogante que arriesga de más va a tener que aprender a jugar inteligentemente para ganar. El cobarde que cuida lo que no tiene deberá en algún momento hacerse de valentía. El jugador está ahí solo, sin compañeros en donde esconderse. La pelotita quieta. “La caprichosa”, diría Quique Wolf (¡y ésta sí que es caprichosa!), esperando en silencio. Los golfistas profesionales de elite deben ser los deportistas más fuertes mentalmente. Uno juega contra uno mismo. Contra sus propias emociones y debilidades. Por eso el golf es tan lindo. Es ganarse a uno mismo, es mejorarte. Es vencer tus miedos. Para el golfista no hay sensación más placentera que la de volver a casa después de una buena vuelta. Una felicidad que viene bien de adentro. Vos solito lo lograste. Todas las culpas y todos los méritos. Cabrera sabe de lo que habla.
Tuve la suerte de llevarle los palos en el 2002. Necesitaba un caddie por unas 5 semanas y me llamó. Qué mejor experiencia para un joven profesional que ponerse la Ping blanca al hombro. Era la posibilidad de hacer un curso intensivo sobre cómo jugar al golf. Con el Pato se mira y se absorbe. Cabrera no es docente, quizá porque ignora de dónde sale gran parte de la magia de su golf. Ve el tiro y su talento ejecuta. No le pregunten cómo. Y olvídense de pedirle que lo explique o lo enseñe. Con el Pato se aprende mirando.
En ese año Cabrera aún jugaba en el tour europeo, aunque ya había mostrado nivel internacional para competir con los mejores. Todavía no había decidido tomar al PGA como su tour principal. A mi favor tenía el hecho de ser jugador y saber de qué se trata este juego. Aunque mi experiencia como caddie era corta, me sentí capaz de ayudarlo. No es fácil llevarle los palos a Cabrera. El Pato juega a otra cosa. Competí contra excelentes jugadores y les llevé los palos a muchos otros, pero el Pato es distinto. Y no necesité mucho tiempo para darme cuenta.
Tras una primera semana aceptable en el Honda Classic, encaramos el Bay Hill Invitational en Orlando. El anfitrión es el Rey Arnold Palmer. Tiger, Phil y un field casi de un major. Cualquiera se congelaría un poco ante tantos buenos jugadores, o ante la simple presencia de Arnie. Pero Cabrera parece haber nacido para escenarios grandes y majors. No los respeta de más. Tiene una cuota de inconsciencia que le juega a favor durante el campeonato.
En Bay Hill jugó muy bien las 3 primeras vueltas. En la última se le calentó el putter, y el Pato cuando emboca es casi invencible (sí, incluyendo al morenito de iniciales TW). Gracias a un gran comienzo logró acercarse a los punteros. Cuando uno lleva palos, se pone más nervioso que jugando. Uno aconseja y colabora, pero no tiene control sobre la pelota. Mi primer momento de nervios apareció en el hoyo 7, un par 3 en subida. Le había llevado la bolsa al Pato en sólo 7 vueltas de competencia y creía conocer sus distancias. Incluso cuando ponía quinta y le tiraba un poco más fuerte. Pero Cabrera, como dije, juega a otra cosa. Tiene sexta. 184 a la entrada, más 7 de bandera, 191 al hoyo. Bandera corta y bunker antes del green. Brisa a favor, greens duros. La situación daba para un tiro completo. Un full swing sirve para frenar la pelota, produce mucho efecto y una trayectoria bien alta. Quizá necesitaba más semanas con él para poder responder lo que estaba a punto de preguntarme: “Si la apuro con el 9, ¿llegamos?” Primero sentí un escalofrío. Después, incrédulo, pensé que había escuchado mal. ¿Dijo con el 9? Puso sexta y a mí se me rompió el embrague de la lengua. Sin embargo, hice lo que cualquier caddie sabe que tiene que hacer: darle confianza al jugador. A veces es más importante la seguridad que la decisión. “Sí Pato, si le das bien llegás”, fue mi firme respuesta. Dios habrá escuchado mis rezos, porque la pelota milagrosamente quedó cerca del hoyo.
Primer golpe de realidad. Bienvenido al mundo Cabrera golf. Pero el golpe de knock-out vino en el 16. Un par 5 llegable con agua corta a la derecha del green. El tiro de salida quedó en la pared del bunker, en subida y metida en el rough. 221 yardas al hoyo. Casi me peleo para convencerlo de que no tenía lógica tirar al green en dos. Gané la pulseada y sacó a buena. Para mi desgracia no logró el birdie. No me habló hasta el tee del 17 y durante todo ese par 3. Más tarde, en el hotel, yo defendía mi idea de no haber tirado al green en el 16. «Era imposible frenar la pelota en el green desde ese lie y metíamos el agua en juego», dije. Cabrera me dio la razón, pero a medias. “Es verdad que no podíamos dejar la pelota en el green con el segundo tiro. Pero desde atrás del green podía embocarla para águila y desde el fairway no.” Mientras yo me preocupé por sacar el bogey de juego, él pensó en cómo hacer el águila. Así se aprende con Cabrera. Se puede discutir la estrategia. Hay otros jugadores que ganan de una manera más conservadora. Pero no se llaman Cabrera. Su forma de juego es bien marcada. Arriesga siempre. Puede salir mal o bien, pero tira por todo. Su personalidad es igual dentro o fuera de los links. Cara o ceca. Blanco o negro. Como en su vida personal, no hay medias tintas. Si te quiere, el Pato no te va a defraudar. Si no te quiere, el señor Cabrera tampoco va a tener miedo en expresarlo. Así es él, fiel a sus principios. Sin anestesia, pero con un corazón grande.
Con esos buenos primeros 17 hoyos se había dado la chance de ganar el torneo. Al tee del 18, Tiger nos llevaba 2 golpes. Disculpen el plural: Empatábamos el segundo puesto. Si hay un hoyo ideal para el escenario birdie contra bogey es el 18 de Bay Hill. Agua que entra en juego a la derecha del fairway y fuera de límite por la izquierda desde el tee. El segundo tiro intimida. Un green en forma de banana con agua a la derecha y bunkers a la izquierda. La clásica bandera del domingo es larga y a la derecha con un espacio para dejar la pelota del tamaño de un guante. Cabrera me pidió el número al hoyo. Es importante aclarar que con un bogey se aseguraba la tarjeta para el PGA Tour del año siguiente. Gran dilema. Los dos escenarios entraban en juego. Tirar a la izquierda y asegurar la tarjeta o atacar la bandera y darse la chance de ganar el torneo. Arriesgar y perder costaba la tarjeta del PGA Tour. Arriesgar y ganar era la gloria.
No hace falta que les diga cuál fue la decisión del Pato. La opción A nunca se le cruzó por la cabeza. Había 167 Yardas. Viento de las 2 (léase de derecha a izquierda un poco en contra). Jugando 175 yardas. Hierro 7. Con el viento de la derecha había que empezar la pelota por arriba del agua. De las últimas 150 yardas, 146 eran por arriba del agua. Como es costumbre para el Pato en estos momentos, no se tomó ni un segundo de más. Fiel a su teoría Think long, Think wrong (piensa mucho, piensa mal), para él fue como un hierro más en el driving de Villa Allende. La agarró una ranura limpia, lo suficiente para sacarle efecto a la pelota y que el viento no la afectara tanto. El viento la movió 5 metros, necesitaba 10. Casi me desacomodo la cadera arqueándome para que vuelva. No lo hizo. La pelota picó en las rocas y fue al agua. Dropeó. PW otra vez al hoyo. Agua. Dropeó. 1 putt para 7. Triple boguey. Otro torneo para Tiger.
El Pato pasó de segundo solo a noveno compartido con varios. Perdió 332 mil dólares y la oportunidad de garantizarse la tarjeta del PGA Tour. Fue lo que menos le importó. Cuando él entró a firmar la tarjeta, me senté en la escalera de la salida. Con la cabeza entre las piernas trataba de entender qué había pasado. A los pocos minutos sentí una mano pesada en mi hombro. “Pendejo, quedate tranquilo que si tuviera la chance de nuevo se la tiraría igual”. Cabrera 100 por 100. Dicen que en las malas es cuando uno ve la personalidad del jugador. Cabrera se la había jugado una vez más. El resultado negativo no significaba que su estrategia era errónea. Estaba convencido de lo que hizo. Jugó para ganar y no tenía nada que reprocharse. Cabeza en alto. Había perdido a su manera. Sabía que le sobraba golf y que su hora de ganarle a Tiger y compañía en cualquier momento iba a llegar. Y en torneos todavía más grandes. Hay un momento en la definición de un torneo donde el jugador debe tomar decisiones y, para bien o mal, morir con ellas. El Pato lo sabe bien. No se fue contento de Bay Hill, pero sí tranquilo. Había sido fiel a sí mismo.
Casi 7 años más tarde, definiendo un US Open, el Pato tuvo otro de esos momentos. Decidir y definir el tiro y confiarlo a muerte. Luego de dos bogeys seguidos y cuando mas lo necesitaba, Cabrera volvió a jugársela en el hoyo 72 de Oakmont. No buscó agarrar el fairway (creo que no sabe cómo se hace), se abrió de piernas y le tiró con todo. A lo Cabrera. Ese drive de 352 yardas le dejó sólo un pitch al green para ganar su primer major. Esta vez le había salido bien.
En Abril del 2009, se la volvió a jugar en el 18 de Augusta. Yo me reía solo viéndolo en la televisión buscando huecos entre los árboles. Sabía lo que el Pato estaba pensando. Esta vez la pelota no rebotó en las rocas hacia el agua, pegó en un árbol y fue al fairway. El Pato la aprovechó, embocó el putt que tenía que embocar y se logró poner la tan deseada chaqueta verde. “A su manera”, diría Paul Anka, que seguramente nunca imaginó que su famosa canción le calzaría justo a un golfista de Villa Allende.
Parece simple, pero no lo es. Todos sienten nervios, algunos los manejan y otros no. La decisión más difícil del golf, el Pato la toma con simpleza. Y eso lo hacen sólo los grandes. Este domingo Cabrera tendrá la oportunidad de ganar otro major. Sea cual sea el resultado, jugará a ganar, a lo Cabrera. Porque como me dice cada vez que lo veo en un asado a punto de entrarle al primer choripán: “Esto no es para cagones.”





