Se retiró Delfina.

Una de las grandes promesas de nuestro deporte. 22 años. ¿Dónde habrán quedado esos sueños de medallas doradas? ¿Qué tan mal la puede estar pasando en el día a día? ¿Cuánto sufre en lugar de disfrutar su privilegiado lugar en el deporte de alto rendimiento? Solo ella lo sabe.

Lo que si sé, es que ese día en Tokio algo anticipé. Por regulaciones estrictas de Covid y mi trabajo con Zanotti y el equipo Paraguayo con el golf no pude ver a ningún atleta argentino competir. Pero ella fue la excepción. Me escapé. Logre entrar. Jamás olvidaré lo que viví. La parte del alto rendimiento que no se ve. Las fotos que no aparecen. Quedó última. Por mucho. Se sentó sola al costado de la piscina y allí quedó durante un largo rato. No me animé ni a acercarme. Fue la última en irse. Todavía recuerdo la charla de su entrenador tratando de levantarla. Entendiendo su rol, sabía que no había nada que él pudiera hacer. Decía todo lo correcto. Pero internamente pensé: esta chica no está bien. No me refería a la nadadora. No pensé en la atleta olímpica. Pensé en Delfina. En la persona.

Que este retiro no se lea como alguien que se baja del bote. De la pelea. Alguien que sale del barro por falta de pasión o profesionalismo. Delfina no es feliz en este proceso. Y así es imposible. Tengo casos cada año de jugadores que no están bien personalmente. Los motivos? Las presiones que sienten, el que va a decir la prensa y mis seguidores, las críticas exageradas y malintencionadas, los padres que quieren tener a un campeón y muchos motivos que hacen que un proceso (que ya de por sí es duro) se haga intransitable. Al punto del retiro. Lo viví como coach. Y nada da más bronca. Hasta cuando? De que sirve el éxito deportivo si se termina pagando con la felicidad personal? Es eso realmente ser exitoso? En mi libro no lo es. Un atleta de alto rendimiento debe ser fuerte mentalmente. Saber lidiar con momentos duros. Aprende a hacer lo que se debe y no lo que se quiere en los trabajos de cada día. Pero todas estas presiones externas (sumadas a las propias) terminan siendo contraproducentes. Lo escribió André Agassi en su libro. Lo explicó Simone Biles al retirarse en el medio de los Juegos. Sucede más de lo que creen en el golf. Grandes talentos arruinados por exigencias, objetivos desmedidos y perspectivas desbalamceadas. No vale la pena.

Perseguir sueños deportivos lleva mucho trabajo. Casi una obsesión con los procesos eficientes. Pero el camino se debe disfrutar. No dejar nunca de ser un niño. Debe haber una perspectiva optimista y sentido de gratitud durante el camino. Más importante, entender que el golf (o deporte) es lo que hago y no quién soy. Entender que soy más que mi score o resultado. La persona primero, el deportista después. Cuando todo se mezcla y este orden se invierte, la felicidad desaparece. Y nada más importa. Primero, ser feliz. Después, ganar las copas. Uno ayuda a lo otro. Ojalá lo aprendamos pronto.

Gracias @delfinapignatiello por todo lo que diste por nuestro deporte. Que nades y vivas tu futuro en felicidad infinita.

¡Celebramos una década formando golfistas!!!