El Putt Corto

Este año me tocó venir unos días antes para Augusta. Tuve tiempo de ver el ANWA y pasear por el club. Visité todos sus rincones. En uno de ellos leí la frase de Bobby Jones “Cuando haces trampa en el Golf, al único que le estás haciendo trampa es a vos mismo”. Jones pregonaba los valores de nuestro juego. Alguna vez, al ser felicitado por auto penalizarse con golpes de multa porque la pelota se le había movido sin que nadie la vea, el creador del Masters respondió: “De ser así, deberías también felicitarme por no ir y robar un banco”.

Augusta National hace un increíble trabajo al combinar los últimos avances de la tecnología con el respeto y tradiciones de nuestro juego. En un mundo donde la trampa y los atajos empiezan a ser la manera rápida de conseguir éxito momentáneo, es importante defender los valores algo perdidos que hacen del golf un deporte único. Con tiempo, inspirado en las frases del único ganador del Grand Slam (1930), decidí hacer mi parte. Café en mano y sentado en una silla de Augusta National, decidí contarles un cuento. Una historia que ojalá ayude a conscientizar y dejar un mensaje a las futuras generaciones.
Que no se pierdan nuestros valores.

Esta es la historia del “Putt Corto”:

Era la final del campeonato del club. Un duelo de generaciones. Por un lado Juan, quien había ganado 14 veces y su nombre estaba por todos los cuadros del Club House. Scratch de toda la vida. Uno de esos jugadores que nunca había llegado a representar a su país en torneos internacionales pero que dentro de su club era una leyenda.

Del otro lado Martín, un talentoso chico de 15 años. Lleno de confianza y capaz de pegar 300 yardas de aire con su driver. Un joven algo desprolijo desde el tee pero uno de esos jugadores que hace muchos birdies. Un estilo de juego ideal para Match Play. Esa tarde buscaba su primer campeonato del club, y en un Match a 36 hoyos, parecía tener la ventaja.

Ambos llegaron bien temprano y desayunaron en el club en mesas separadas. Cómo debe ser, para la final los dos habían separado la ropa la noche anterior. Una gorra estilo Ben Hogan, pantalones pinzados, cinturón de cuero con monedas y Foot Joy Classics para Juan. Gorra con logo de un club importante, Polo Lindemberg bicolor, shorts combinados y zapatos Adidas nuevos para Martín.

Se conocían obviamente. Martín creció viendo y escuchando los triunfos de Juan. Juan, que era introvertido, interactuaba solo con su grupo de la polla y no era de dar consejos a las nuevas generaciones. Había respeto entre ambos, pero no amistad. Luego del desayuno tiraron pelotas para calentar. No muchas, porque el día iba a ser largo. Uno en cada lado del Range. Era una guerra de estilos. La precisión, estrategia, juego corto y experiencia hicieron que Juan coleccionara muchos pares. Martín combinó Bombas, golpes heroicos, birdies fáciles en los pares 5 y putts maratónicos con malas decisiones, emociones altas, desconcentración y bogeys tontos.

Se fueron repartiendo hoyos durante todo el día. Quien se ponía arriba enseguida regalaba un hoyo. En 35 hoyos, ninguno pudo ponerse mas de dos arriba en el match.Todo fue muy parejo.

Llegaron igualados al 36. Domingo a la tarde. Todo el club se había juntado en el green del 36 para ver el desenlace. ¿Sería otra vez Juan? ¿O finalmente la promesa daba el salto? Eran las incertidumbres de los más de 100 socios que presenciaban un final agónico.

Luego de dos buenos drivers en el fairway del par 4 final (Martín 45 yardas adelante), Juan fue el primero en pegar su segundo. Mal número le había quedado. Entre palos, decidió jugar un 3/4 golpe con el 6 a una bandera larga a la derecha. La trayectoria baja y la falta de spin hicieron que el pique sea rápido y terminó dejando su pelota unos 2 metros pasada del green, a unos 10 pasos del hoyo. Uno de esos chips embocables, pero con la opción de putteqr también. El resultado insulso del golpe de Juan no afectó la estrategia de Martín. Su adrenalina le pidió un Full SW apuntando dos metros por la izquierda del hoyo. Sintió los nervios. Nunca había jugado con tanto público. Su mano derecha pesada hizo que la bola salga recta hacia la izquierda. Le gritó “baje” antes de que la pelota se despegue de la cara del palo. Felizmente para él, la pelota escuchó. Termino larga por la izquierda pero en el green, a una distancia similar a la de Juan.

A Martín se lo veía acelerado. Y Juan, más acostumbrado a manejar estos momentos, utilizó toda su experiencia: ”Yo voy a sacar la bandera” dijo firmemente y en voz alta, demostrando confianza de que tiraría a embocar. Ya con el Lob Wedge en la mano agregó: ”Si vas a necesitar la bandera, juega tu primero”. El veterano quería pegar último para ver dónde quedaba Martín con su primer putt. Lleno de ansiedad, Juan contestó: “yo voy”. Explicando que dejaría la bandera puesta por la falta de luz, pero en realidad apresurado por sacarse el momento de encima. Estratégicamente, mientras Martín jugaba a las damas, Juan jugaba al ajedrez.

El putt de Martín fue agresivo. Mitad por sus pulsaciones altas, mitad por verlo a Juan con intenciones de embocarla. Su putter LAB se debió sentir liviano por la presión extra de su grip. La apuró y terminó pasándola algo más de 1 metro. Apenas salió rodando la bola, Juan ya caminaba hacia el otro lado del hoyo para ver la caída. Siempre importante ver el final del putt desde cerca del hoyo. Regresando, vio cómo Martín, al marcar, movió la pelota y empujó la moneda un par de centímetros, acercándola al objetivo. No dijo nada. Con clase, hizo como que se agachaba a ver el pelo en el hoyo y en voz baja (asegurándose de que nadie lo escuche) le dijo: ”Esta vez no pasa nada, pero así no se marca la pelota”. Al levantarse le hizo un guiño de ojo cómplice, para hacerle saber al joven que no tenía nada de qué preocuparse.

El veterano volvió a concentrarse en su golpe. Leyó el momento. 4 era el objetivo y con su putter la rodó por el pasto alto y la entró al green con la velocidad justa. Corta 15 centímetros. Putt totalmente dado. Par. Su jugada había sido perfecta. Ahora Martín estaba obligado a embocar para extender el match y forzar un playoff. De hacerlo la ventaja era suya. El 1 era un par 5 largo en el cual había ganado las dos veces que lo juraron ese día. Este era EL putt. Este era el momento en el que la promesa se transformaba en realidad. Un cambio de guardia. Todo el club de testigo en un atardecer perfecto aunque ya con sombras muy largas.

Martín respiró profundo. Pero nunca pudo conectarse con sus sentidos. Pensó más en las consecuencias que en pegar un buen putt. Más resultado que proceso.

Falló.

Corto y por abajo. Un putt que nunca tuvo chances y ni siquiera tocó el hoyo.

Se sacó su gorra, le dio la mano a Juan y con lágrimas en los ojos encaró hacia el clubhouse.

Juan celebró con sus amigos de la Polla. Aunque nunca es lindo ganar así, se tomó un par de cervezas y se fue al vestuario a bañarse. Saliendo de la ducha, todavía con la toalla en la cintura, se cruzó a Martín que ya listo salía para su casa. El joven, educadamente se acercó a felicitarlo nuevamente. El campeón le dio la mano y le agradeció. Inmediatamente, aprovechando que estaban solos, le puso una mano en el hombro y le preguntó: “’¿Qué te dolió más? ¿Fallar el putt adelante de todos o que te haya corregido como marcaste la pelota sin que nadie se dé cuenta?”

“El putt” respondió Martín.

“No entendiste nada!!” dijo Juan mientras se agarraba su cabeza. Aunque rápido dejó su frustración para dejar un mensaje.

Cambió sus planes y decidió invitarlo a cenar. No eran amigos, pero no pudo dejar pasar la oportunidad. Entendió su responsabilidad. La importancia de dejar un legado. Decidió darle una mulligan y explicarle sobre nuestros valores. Sabía que ese sería su último triunfo y que Martín en el futuro ganaría varios. La cena fue larga. Conectaron. Lo lindo de nuestro deporte es que trasciende generaciones. Juan le explicó el paralelismo entre el golf y la vida. Le habló de Jones y de DeVicenzo y le explicó de porqué a largo plazo, la verdad siempre gana. Ese match, ese Putt Corto, dio lugar a una enseñanza.

Al despedirse, se dieron un abrazo. Martín, que se llevaba un aprendizaje, agarró su bolsa y salió pensativo hacia el parking.

“¡Pibe!” le gritó Juan (seguramente inspirado en su ídolo de la infancia). “Cuando vuelvas a tener un putt importante, concéntrate en dejar la cabeza quieta”.
Martín sonrió, aceptando otro consejo. Uno simple pero aprendido con años de experiencia ganando. “Si haces eso, no te va a hacer falta marcar mal la pelota!!”. Jaque Mate de Juan.

Se rieron juntos. Martín se llevó dos lecciones en una. Juan dejó su legado a un joven con futuro.

Hace un rato, vi a José María Olazabal , dos veces ganador del Masters, esperar a Carla Bernal Escuder, reciente ganadora del ANWA para darle un abrazo.
Sonreí.

De eso se trata nuestro deporte.

El golf siempre pregonó la caballerosidad y la honestidad.
Es distinto a todos los otros deportes por esos valores que nos distinguen. No los perdamos.
Juan hizo su parte.
Yo, contando su historia desde la casa de Bobby Jones, espero haber hecho la mía.

Los invito a hacer la suya.
Compartan este texto, largo pero importante, para que no se pierdan los valores de nuestro querido deporte.
Con cariño,

Hernan Rey

¡Celebramos una década formando golfistas!!!